El día de la masacre

21 de junio de 1993. Madrid. Siete hombres iban en una furgoneta del Ejército del Aire, en plena hora punta. A las 8:15, estalló un Opel Corsa cargado con 40 kilos de amosal al paso del minibús, en la calle de Joaquín Costa, 61, justo a la salida de la glorieta de López de Hoyos. Murieron los siete.

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Trascripción

Intro:

En 1993 ETA mató a mi padre en un atentado terrorista. Durante 20 años no hice nada por saber la verdad. Ahora, y después de una larguísima investigación, sé que hay mucho más de lo que me contaron. Ésta es la historia.

VOZ EN OFFSIN MÚSICA

Amanecía el 21 de junio de 1993 en Madrid. Siete hombres iban en una furgoneta del Ejército del Aire, en plena hora punta. A las 8:15, estalló un Opel Corsa cargado con 40 kilos de amosal al paso del minibús, en la calle de Joaquín Costa, 61, justo a la salida de la glorieta de López de Hoyos. Murieron los siete. El bombazo pudo escucharse en directo a través de los micrófonos de la antigua Antena 3 Radio. 

FIN VOZ EN OFFCORTE Entrevista de Manuel Marlasca con Álvarez Cascos. Antena 3 Radio - SERRAFAGA-EFECTOSPABLO

El día que mataron a mi padre yo tenía un examen de física. Estaba en tercero de BUP. Tenia 17 años. Fíjate que creo que fui yo el último de mi familia que vio a mi padre con vida. Entró en mi habitación para pedirme prestado un bonobús: esa noche mis padres se iban de cena y habían quedado en casa de mi abuela para cambiarse.

Me acuerdo de que me molestó que me despertase de madrugada para esa tontería. El pobre me deseó suerte para ese examen. Ésa fue la última vez que vi a mi padre, a contraluz, en la puerta de mi cuarto. Ésa fue la ultima vez que escuche la voz de mi padre.

EFECTOSVOZ EN OFF

Juan subió junto a sus compañeros a la furgoneta que cubría la ruta entre Alcalá de Henares y la sede del Estado Mayor de la Defensa, en Madrid. Todos ellos trabajaban allí menos Juan, que era profesor en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN).

El atentado tuvo lugar al lado de la plaza de López de Hoyos. La explosión, activada con un mando a distancia, fue tan violenta que algunas partes del minibús -incluso restos humanos- aparecieron sobre el paso elevado que cruza esa plaza. 

Una hora más tarde, otro coche -usado por los asesinos en su huida- explotó en la calle Serrano, 83 (cerca del primer ataque). Los terroristas usaron un temporizador en esa ocasión. Era un Ford Fiesta rojo.

FIN VOZ EN OFFRAFAGA-EFECTOSPABLO

Mi madre recuerda casi al minuto cómo vivió el día en que se quedó viuda, sola, a cargo de cuatro hijos. Mi padre, aquel lunes, se levantó de muy buen humor. 

FIN PABLOENTREVISTA: corte-madre-1

Coincidió que se iba y me dio un tirón en los pies, en los dedos gordos de los pies. Porque era el 21 de junio, quiero decir, que hacía calor y salían los pies por debajo de las sábanas, y al pasar me dio el tirón (ríe) y me hizo mucha gracia, nunca lo olvidaré.

Luego pasa el día y entonces yo ya, pues… Todo el mundo a los colegios, a lo suyo, yo había quedado en ir a media mañana a la peluquería, cuando me entero por la radio -porque yo oigo muchísimo la radio- que había un atentado en Madrid. Y dije: “Pobrecitos, voy a rezarles un Padre Nuestro, que.. qué horror”. Y nada. Y estuve oyendo, y oyendo, y oyendo… Y no me fui a ningún sitio porque estaba ya con una intriga… Digo: “Pero qué pasará”…

Empecé a ponerme nerviosa y llamé a Madrid. Cuando yo calculé que tu padre tenía que estar en su trabajo, llamé a su trabajo. Me dijeron que no había llegado. Entonces llamé a cocheras, donde tenían que meter el coche, que yo conocía porque alguna vez había ido yo en ese autobusito. Y me dijeron que tampoco había llegado. Y digo: “Bueno, si no ha llegado, y está en un atasco, yo creo que Juan ha bajado del autobús, ha cogido un taxi y ha ido al trabajo. O andando incluso”. Porque no estaba tan lejos. Y volví a llamar al trabajo, y hablé con los compañeros, y me dijeron que el general había ido a informarse. Y ya entonces fue cuando me puse… Les dije: “¡Pero lo decís tan tranquilos! Si no sabéis nada de Juan…”. Y entonces pasó la mañana, me llamaba mi familia a ver qué pasaba. Y yo les decía: “¡Colgad, colgad, que si me tienen que dar alguna noticia tiene que estar el teléfono totalmente libre”. Y entonces fue cuando, al caer la mañana bastante (y yo ya estaba que no salía de casa, claro”…

Más tarde, como al mediodía, apareció un grupo de gente. Primero una amiga mía, vecina, mujer de un general, y me venía con unas pastillas en la mano. Y detrás, el general y compañeros. Y le digo: “No, no me des ninguna pastilla porque me estoy pensando ya lo que está pasando; es un momento muy malo para todos y una noticia muy desagradable que me vais a dar. Muy desagradable. Pero no quiero tomar nada, quiero ser consciente de los que me pasa…”.

Me dieron todos un abrazo. No me dijeron nada, me abrazaron y ya con eso… dijeron todo lo que tenían que decir con ese abrazo. Entonces yo… ahí estuve bastante fuerte, porque no me hacía a la idea de lo que me estaba pasando.

FIN ENTREVISTA: corte-madre-1RAFAGA-EFECTOS-SILENCIO- LO QUE SEAPABLO

Yo vivía con mi familia en la colonia de aviación de Alcalá de Henares, a unos 30 kilómetros de Madrid y casi en medio del campo. Son unos bloques de viviendas muy feos alrededor de una carretera que completa una vuelta. No había vallas ni protecciones, pero habíamos tenido durante años vigilancia de la policía militar.

A todos nos parecía normal mirar debajo del coche de vez en cuando. Teníamos normalizado que, en cualquier momento, alguien podía sabotear uno de los autobuses militares que se encontraban aparcados en la misma colonia. Vivíamos las amenazas de muerte como algo cotidiano, asumido, ¿no?

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Aquel día, me enteré de que había habido un atentado al llegar a mi colegio por la mañana. Todos pensaban que había sido atacada una furgoneta de la Armada. Todo el mundo estaba indignado, yo también, pero ni me imaginé que que aquella lotería me había tocado a mí. De verdad que estaba estaba nervioso por el examen.

El Morales, mi profesor, me animaba a terminarlo mientras veía a mis compañeros que iban saliendo del aula. “Venga, que esto te lo sabes”, insistía. Él ya sabía la verdad, y me obligó a permanecer allí hasta que me quedé solo. Yo es que no me explico aún es cómo todo aquello me parecía normal. Como también me parecía normal que mi tía Rocío llegase para recogerme y llevarme a casa de mi madre, algo que jamás había pasado antes. Yo estaba en la luna, tan contento porque las vacaciones de verano empezaban ese día.

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Mi tía y yo llegamos paramos en una gasolinera de la N-II para comer un bocadillo. Había una tele que estaba puesta a todo volumen y claro, la noticia era el doble atentado, pero ni me enteré. Luego supe que mi madre le había dado instrucciones muy especificas: quería contármelo todo ella, que nadie me lo dijese antes. Y quería que comiese algo antes. No me explico aún cómo lo consiguió Rocío. 

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Llegamos a casa. Todo estaba lleno de gente: las escaleras, el rellano. Había mucho humo de tabaco. La puerta estaba abierta de par en par. Todo el mundo me miraba pero seguía sin parecerme extraño. En realidad yo fui el último en enterarme de lo que pasó.

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Tú te enteraste porque llegaste a casa y decías: “Mamá, mamá, ¿y papá? Tengo que decirle que he hecho un examen estupendo, tengo que decírselo”. Y yo: “Pero si tu padre no está”. “¿Cómo que no está? ¡Tiene que estar!”. “Pablo, que no está tu padre, vamos a un cuarto y te voy a explicar”… Yo decía: “Pues no está. Es que yo todavía ni lo sé, pero tu padre no está”. No quería decirte más, no quería dramatizar más la historia, ¿no? 

Mi obsesión es que no me vierais derrumbarme. Yo, en un momento que fue totalmente como automático, me hice una composición de lugar: esta gente, que ni pregunto por qué lo ha hecho ni me interesa que me explique nadie nada, no está mi marido y eso es lo peor. Pero lo que quería era que no tuvieran… no dar la razón de decir: “Otra viuda que hemos hundido en la miseria, un drama nacional, no sé qué…” No, no. Yo quería pasar desapercibida. Quería asumir, asumir lo que me pasó, asumirlo. Y aprender a vivir… que eso no se aprende nunca, vamos, siempre digo… Pero claro, es muy complicado, es que… explicarlo… Yo… Lo entendemos las viudas.

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Pero esa fortaleza ante una situación tan límite, tan tremenda, como el asesinato de un marido, de un padre… esa fortaleza que algunos nos autoimponemos tiene un límite.

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No sé por qué, llego mi hermana Mercedes, quizá porque estamos muy unidas las dos, y recuerdo que ya me puse a llorar como una Magdalena abrazada a mi hermana. Yo recuerdo eso perfectamente. Y luego ya me repuse como pude, y atendí al resto. Pero yo recuerdo que todo el mundo se desvivía, claro, estaban preocupados. Entonces resulta que tengo una vecina que… Porque claro un hermano mío me decía: “Venga, ven a la cocina, abre la boca…”. y me metía unos sandwiches de Mallorca, maravillosos, que había traído, y yo es que no, que no me pasa nada, no me pasa nada. Y eran las cinco de la tarde y yo no necesitaba nada. Y entonces pasó una vecina con un zumo de tomate, un buen de zumo de tomate fresquito, hasta arriba, y empecé a beberlo, a beberlo… y me sentí estupenda. Había perdido muchas sales, que hacía mucho calor ese día, y las recuperé con ese maravilloso zumo que me dio mi vecina Inmaculada. Que nunca se lo agradecí… siempre me acordaré de ese zumo. 

No, yo es que lloraba en la habitación. Delante de vosotros, desde luego, yo hice un gran esfuerzo. Claro, luego al cabo de los años pues vienen las historias de las depresiones y las cosas, pero a mí… Estuve manteniendo mucho tiempo porque yo quería que salierais todos adelante. 

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De aquel día tengo recuerdos muy nítidos, pero muy íntimos. Había demasiada gente. Nadie sabía qué decir. Algunos llegaban llorando a moco tendido, otros llegaban tensos, firmes... Ciertos familiares y amigos estaban mudos, otros hablaban sin parar. Un lección que aprendí: cuando pasa algo así, ta tremendo, siempre es mejor cerrar el pico antes de decir alguna burrada. Aunque sea con la mejor de las intenciones. 

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Había gente fantástica, reacciones muy buenas, de muchísimo cariño, muy prudente la gente… pero como hay gente para todo, pues claro, hubo también cosas desafortunadas, digamos. Por decir muy suavemente la palabra. Varias, varias personas que… que bueno, yo he querido olvidar. Ahora estoy recordando porque hay que decirlo, pero vamos, yo lo tengo más que superado, yo me centro en lo mío y ya está. Porque tiene que haber de todo en esta vida.  

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Mi madre prefiere no contarlo, pero una vecina le dijo que tenía suerte de que su marido hubiera muerto asesinado en acto de servicio y no por un cáncer. Tal cual. A mí, por ejemplo, un familiar me dijo: “Pensaba que le había tocado a mis niñas, no sabes el día que llevo”. OJO, eso me lo dijo a mí, que acababa de perder a mi padre.

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Aparte de las reacciones, sí que hubo algo que me marcó profundamente y para siempre. Al día siguiente de la masacre, me acerqué a un bar a comprar tabaco. Vi en una mesa cercana a la barra un montón de periódicos de aquel día. No pude evitar abalanzarme sobre ellos. Recuerdo abrir el ABC. Recuerdo pasar las páginas y ver el horror del atentado en imágenes, todas ellas borrosas, de muy mala calidad. Recuerdo un primer plano de la cabeza y torso de mi padre, completamente carbonizado. Y me pregunté POR QUÉ, cuál era el valor informativo de esa foto. Lancé el periódico contra la pared, cabreadísimo. Yo creo que ya sabía que iba a ser periodista solamente para impedir que ese tipo de imágenes volvieran a manchar este oficio. No parece que haya tenido mucho éxito.

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La tarde anterior fuimos todos al velatorio, que se instaló en el patio del cuartel general del Ejército, en la plaza de Cibeles de Madrid.

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Estaban los siete… ataúdes. Entonces las viudas nos colocamos delante de nuestro ataúd, con las familias, con nuestros hijos. Nuestros hijos estaban todo el rato con nosotras. Y la familia que pudo entrar. Y entonces ahí estuvimos, rezando un responso, y llegó la noche. Y ya había que irse. Pero yo dije que no me iba de ahí, porque era la última noche que iba a estar al lado de mi marido. Yo no me podía irme de ahí. Y me quedé. Y a mis hijos, que eran más pequeños, les dije: “Idos para casa, para descansar, y mañana venís temprano, y ya está”. Pero no querían irse, pero les convencieron, les convencí y total, que logré que se fueran. Me quedé más tranquila quedándome sola. Y ahí estaba la gente muy pendiente de mi. Yo notaba que había hasta médicos y de todo. De vez en cuando me daban un café con leche, pero yo no me moví. No quería moverme.

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Al día siguiente se celebró un funeral de Estado. Ahí estaban los siete ataúdes. Joder, qué visión. No quiero ni pensar qué habría dentro de cada uno. En un momento dado, el ministro de Defensa, Julián García Vargas, se aceró a mi madre…

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Pues recuerdo que era un momento que tenia que aprovecharlo. Porque claro, yo no sabía lo que iba a pasar con mi vida. Era una cosa que… Me sorprendió todo tanto que digo… Esto que hay una persona importante delante mía, yo tengo que aprovecharlo. Y hice un esfuerzo muy grande, claro. Estaban mis hijos al lado, además. Tenía que dar una imagen normal, vamos, normal, con gran esfuerzo. Entonces, cuando el ministro me preguntó cómo estaba y cómo veía el futuro… y yo le dije: “Yo, quiero un trabajo”. Estaba detrás de ponerme a trabajar, estaba preparándome ya, porque la pequeña mía tenía ya más de 10 años y entonces tenía tiempo para ponerme a trabajar. Y mi trabajo me apasionaba, soy trabajadora social. Y entonces el ministro dijo: “Tome nota”, le dijo al secretario. Y yo: “Como yo, las otras viudas también querrán trabajar, también habrá que preguntárselo”. Y entonces yo también pensé qué iba a pasar con la casa, no creo que me vaya a tener que ir de la casa con mis hijos… Porque  es que no tenía ni idea de qué iba a pasar. “No, no, no, no”, me dijeron. “La casa… seguís en la casa”. 

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Informativamente, el atentado duró un día y medio. En casa no hubo duelo. Había mucho que hacer. Teníamos que mantenernos enteros y serios. No recuerdo llantos o lamentaciones.

Pasó el verano y nos mudamos a otro piso en el mismo edificio; en el otro había demasiados recuerdos. Empezó el curso. Pasaron los meses. En casa no se hablaba de papá. Si surgía su nombre en la conversación era para comentar anécdotas. Cada uno cargó con su trauma a su modo.

A ver, yo sólo puedo hablar por mí: comencé a estudiar como un loco, me fui de casa becado por todas partes, me puse a trabajar en cuanto pude. Rompí con mi entorno anterior. Muy poca gente sabía que mi padre había sido asesinado por el comando Madrid de ETA; me daba pánico el estigma de ser una víctima del terrorismo. ¿Sabes? me jodía la idea de que la gente se apenara por mí de entrada; y, sobre todo, no quería que mi vida estuviese marcada por eso. Qué iluso, ¿verdad?

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Durante 20 años no hice nada de nada. No investigué, no indiqué, no pregunté. Compré la versión oficial: mi padre había volado por los aires en una atentado. Y de repente, justo cuando iban a cumplirse dos décadas del atentado, todo cambió.

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